Yo siempre he dicho que todas las mujeres sueñan con casarse. Lo acepten o no, es así. Hoy, mañana o más adelante. Todas quieren que las detengan en un aeropuerto y les den un anillo; quieren una boda, quieren una luna de miel, sentirse como Anita Ekberg y que las besen en la Fontana de Trevi, todas las mujeres quieren, y quieren y quieren. Quieren que las quieran ¿por siempre?
Algunas anhelan vivir en la Costa Brava y sentirse tan musas como la Gala de Dalí. Otras quieren tener muchos niños y hacer Pilates mientras están en el Kínder.
Pero hay mujeres de mujeres, también lo digo. Y están las que no sólo sueñan con casarse sino que van más allá: que también sueñan con ser viudas. Pero viudas de verdad. Damas. Regias.
¿Por qué?
Hay mujeres que de viudas se ven más guapas. Señoras de la alta sociedad que nunca lloraron. Qué van al velorio en Prozac y a la cama en Tafil. Que nadie sabe los sentimientos que esconden detrás de sus oscuras gafas. Dando cada paso montadas en filosos tacones Louboutin con esa suela roja que grita la verdad. Viudas que en el funeral nadie les tiene lástima. Todos les guardan intriga.
Mujeres que se quedan solas con un secreto difuminado, un secreto que tratan de olvidar y que un buen día llega alguien a despertar…
Bodas de sangre por Manuel Gerardo Sánchez
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